Un conflicto desproporcionado
Venimos de vivir una de las protestas estudiantiles mas importantes de las últimas décadas. Cualquiera pensaría que un conflicto de estas proporciones se vería venir de lejos pero no fue así. De hecho, no había clima de sublevación en los cursos ni un hastío especialmente fuerte con las condiciones de cursada. La caída del vidrio en el hall de MT no parecía presagiar los huracanes que se desataron.
Es cierto que llevamos una década reclamando un edificio en condiciones mínimas y que el momento parecía propicio siendo que los secundarios capitalinos venían poniendo en aprietos al alcalde por motivos similares a los nuestros. También es cierto que la gestión Caletti demostró tener unos reflejos tendientes a cero y una soberbia que a la luz de su desempeño parece injustificada. Todo esto es verdad pero, sin embargo, nada indicaba que se venía semejante conflicto. Y si fue difícil advertir la magnitud del antagonismo para los propios activistas mucho mas difícil lo fue para los funcionarios recién estrenados del 2 piso.
El autismo de la corte de Caletti se hizo evidente desde los primeros comunicados. Allí se señalaba que el conflicto era a la vez oportunista e innecesario. Pero pretender que semejante movimiento era resultado de una manipulación izquierdista para confrontar con el gobierno nacional fue una estrategia que subestimaba en grado sumo a los estudiantes. A su vez afirmar que el conflicto era innecesario suponía desconocer las condiciones patéticas en las que se cursa en Sociales desde hace una década. Por último hay que decir que la resolución de abandonar la facultad y recomendar la huida al cuerpo docente no pareció ser una táctica brillante. Sobre todo si consideramos que quedaron reducidos a mandar telegramas desde el exilio y cada tanto enviar a los jóvenes k a perturbarnos la existencia.
Un conflicto desproporcionado fue el que vivimos pero desproporcionado en muchos sentidos. Promediando la toma escuchamos muchas veces en boca de distintas personas aquello de que se compartía el reclamo pero no el método. Se escucho de muchas maneras, incluso fue la frase favorita en boca de los profesores. Frase que nos producía cierta incomodidad en la medida en que nos pasaba exactamente lo contrario, de hecho, nos parecía que había cierta desproporción entre la radicalidad de la toma (y sus consecuencias) y la modestia del reclamo. Pero sobre eso volveremos mas adelante.
Consecuencias no deseadas de la acción
El último conflicto que tuvo esta relevancia en cantidad e intensidad ocurrió a fines del siglo pasado, mas precisamente en mayo de 1999. En aquella ocasión lo que disparó el conflicto fue la amenaza del gobierno menemista de recortar las partidas presupuestarias asignadas a la Universidad. Frente a esto el rector afirma en los diarios su intención de cerrar las facultades dado que el presupuesto solo alcanzaba para unos pocos meses más. La reacción de los universitarios fue masiva lo que provocó un rápido repliegue del gobierno nacional. Una vez logrado el triunfo (bastante mas que los 20 millones del “triunfazo”) se hizo un llamado a retornar a las aulas que fue desoído por Filo y Sociales. A partir de allí se desató un conflicto que desbordó el pedido inicial y terminó cuestionando las estructuras universitarias. Buena parte de lo sucedido en esos días todavía hoy marca la cancha. Fue la primera vez que se pudo echar a las autoridades de las facultades e incluso se destituyó a los centros de estudiantes en asambleas multitudinarias. Aparecieron fenómenos de autoorganización que empezaron a cuestionar la cultura política partidaria desde la izquierda. Se impuso aquello de que en las asambleas hablan un agrupado y un no agrupado, un dispositivo diseñado con el único fin de impedir los aparateos partidarios. La representación empezó a ser cuestionada y se le perdió el respeto a los símbolos electorales. A fin de ese año se promovió un boicot electoral que culminó con una famosa quema de urnas en MT. .
El 2001 universitario originado en un reclamo salarial docente reforzó la autoorganización y se metió en las aulas cuestionando tibiamente la autoridad de los profesores mediante la alteración de los contenidos de las clases. En aquella ocasión la gremial docente había convocado a paros activos y en muchísimos cursos los estudiantes lograron orientar los contenidos de la clase hacia la reflexión sobre el conflicto. El clima de insubordinación anticipo en muchos sentidos lo que ocurriría en las calles a fines de ese año.
Sin embargo, la autoorganización y, en menor medida, el cuestionamiento del poder en el aula tuvieron su confirmación realmente masiva en el 2010. Nunca participaron tantos estudiantes en las asambleas y el acceso a la palabra nunca estuvo tan difundido. El centro de estudiantes se disolvió sin mayores problemas en las instancias asamblearias y los episodios de aparateo fueron menores en relación con el pasado.
A la autoorganización la acompaño una tendencia a la autogestión que si bien fue marginal en sus inicios estaba creciendo en los últimos días del conflicto.
En honor a la verdad hay que decir que los procesos autogestivos aparecieron como “consecuencias no deseadas de la acción”. Se hizo notorio que en los ánimos mayoritarios la libido militante estuvo puesta en mejorar las condiciones de la cursada, y que la autogestión de las clases en todo caso resulto una medida defensiva frente al abandono de las aulas que hicieron los profesores. Sin embargo, esto abrió posibilidades de experimentación que no estuvieron habilitadas durante el 2001. El caso de Comunicación 3 no fue menor en este sentido. Allí inicialmente se alteraron las consignas de la cursada para luego ir ocupando literalmente la cursada. Se organizaron varios prácticos autogestionados y hasta se ensayó la autoorganización del teórico. A partir de este evento se fue contagiando la iniciativa hacia varios cursos más principalmente en Ramos y en menor medida en MT. Hubo autogestión en muchos prácticos. A la ya mencionada Comunicación III en Ramos se le sumo Campolongo, Políticas y Planificación, Comunicación y Educación, Didáctica General, Taller Anual de Orientación en Comunicación y Educación, algunos prácticos de Murillo, Argumedo ,Método II (Sautú) y Aronson en MT.
Las agrupaciones partidarias y no partidarias no vieron con simpatía el fenómeno y se ocuparon de invisibilizarlo en las asambleas. Quizás intuyeron que si se difunde la autoorganización se verían amenazadas en su propia existencia que organizada en base a la división entre dirigentes y ejecutantes no difiere sensiblemente de lo que sucede en una clase. Lo cierto es que la impronta economicista que tuvo el discurso dominante no permitía que se politizara el reclamo. La discusión sobre si la toma debía transcurrir a puertas abiertas o cerradas hizo patente estas limitaciones. Con las puertas abiertas y los estudiantes volviendo a las aulas en el marco de la toma estaban dadas todas las posibilidades para discutir los límites de la forma cátedra a la hora de producir conocimiento. Estaba la oportunidad de poder discutir aquello que es permanente en la vida del estudiante, sin embargo, se optaba por la coyuntura. Es así que los 30 minutos de discusión se reducían a dar detalles sobre el pliego licitatorio y los reclamos de becas. No hay una formación política que permita encarar con éxito problemas que exceden lo meramente económico.
Ya no hay respeto
No es ocioso recordar que la actitud de los profesores le dio un tinte especial a esta lucha ya que como nunca antes el claustro profesoral se definió políticamente. Hay que remontarse a los primeros años de la democracia para ver tan unido al claustro en defensa del gobierno nacional. Luego de los años del alfonsinato, sus reivindicaciones fueron de tinte gremial/salarial o a lo sumo intentaron una defensa corporativa del claustro como cuando vieron amenazados sus privilegios durante el 2005. Como sea lo cierto es que en esta ocasión los docentes decidieron restarle apoyo a la toma y brillaron por su ausencia. Una consecuencia de esta actitud fue una importante perdida de su legitimidad. La autoridad docente salio severamente dañada de este conflicto y en este vacío de legitimidad se instalaron las prácticas autogestivas.
Es sintomático que las acusaciones proferidas por Caletti y su entorno giraron en torno al autoritarismo de los estudiantes, se llego a decir que fueron vulnerados los derechos laborales de los docentes o incluso que el autoritarismo estudiantil había roto la comunidad académica. Las acusaciones cruzadas en torno a este tema obligan a pensar con mas detalle de que se habla cuando se habla de autoritarismo o de comunidad.
Es sabido que nuestra carrera fue refundada en los primeros años de la democracia y que sus principales impulsores fueron quienes habían vuelto del exilio. En ese momento resultaba cómodo presentarse como demócrata dado que se venía de un proceso dictatorial y la denuncia contra el autoritarismo era un lugar común. Hoy en cambio los jóvenes de ayer tildan a los estudiantes de autoritarios, sin embargo, resulta evidente que quienes se niegan a debatir no son estos últimos. Los profesores se niegan a dar clases a la vez que amenazan con una pérdida del cuatrimestre que es resultado de su propia negativa a proseguir con las cursadas. Con sus privilegios amenazados los antiguos demócratas devinieron autoritarios.
Algo similar pasa con el concepto de comunidad. La acción estudiantil dejó al desnudo que la comunidad académica tal como la piensa la gestión es profundamente asimétrica. Ya en el 2008 esto se había hecho evidente en ocasión de la acalorada defensa de los claustros que hizo Horacio Gonzalez. El conflicto visibilizó las jerarquías que estructuran el orden universitario.
Hubo un tiempo que fue hermoso
Las jerarquías se habían hecho visibles también durante el conflicto por la elección directa que culminó con la toma del rectorado. No es casualidad que desde hace un tiempo la democratización es una de las reivindicaciones más sentidas para el movimiento estudiantil- Democratización venia siendo la palabrita de moda, el significante vacío, el eje en torno al cual se vertebraba buena parte de la praxis política. Pero este conflicto vino a interrumpir esto también.
El discurso predominante en el mes y medio de toma fue de neto corte economicista, la democratización no fue prácticamente mencionada aunque la actitud de la gestión la hacia por demás relevante. Sin embargo, el reclamo por el edificio parecía el único capaz de mantener unido al campo antagonista. Por eso problemas como el comedor autogestionado de Constitución o los procesos autogestivos en Ramos y en menor medida en MT, no estuvieron nunca en la agenda de las asambleas.
No se niega la legitimidad del reclamo, no debe haber un solo estudiante que se sienta cómodo con las condiciones de cursada. Sin embargo, los límites de una lucha que se propone casi exclusivamente que se efectivice el pliego de una licitación son los propios de una reivindicación económica. El desafío a la autoridad en el aula abre posibilidades de proyectar una universidad que sea distinta en algo más que en su infraestructura edilicia. En cambio la obtención de un edificio en optimas condiciones no mejoraría en lo más mínimo las condiciones en las que se produce conocimiento en la facultad.
Lecciones bien aprendidas
Todo discurso hace visibles ciertas cosas y oscurece otras. El punto ciego del discurso predominante en el activismo fue nada menos que la política. No se pudo politizar el reclamo, no se pudo pensar el para qué del edificio, en fin, no se pudo pensar.
Hemos leído recientemente una distinción entre práctica y praxis que sí nos hizo pensar. Allí se decía que en una práctica los objetivos a alcanzar y los medios a lograrlo ya están definidos previamente y están avalados y legalizados porque son coherentes con el sistema dentro del cual las prácticas se ejercen. Si bien los medios utilizados en este conflicto no son vistos con buenos ojos por las sucesivas gestiones de Sociales lo cierto es que el reclamo si es coherente con el sistema dentro del cual esta práctica se ejerce. La praxis, en cambio, es otra cosa. En ella no existen caminos predeterminados porque el objetivo que se busca es algo nuevo que el sistema no contempla como coherente con su propia estructura. Hubo mucha práctica en los días de la toma pero también hubo praxis en la autoorganización como forma organizativa y en la autogestión del conocimiento que asomó en los últimos días.
Tanta dificultad militante para pensar mas allá de los reclamos económicos nos hizo preguntarnos por nuestra formación. Tomamos nota de algunos fenómenos. Uno es una marcada limitación de las lecturas activistas, parece que no se lee mucho más allá de los apuntes para las materias y esto conlleva varias consecuencias. Una de ellas es la marca que deja el marxismo economicista que se consume en las cátedras del palo, fenómeno este harto evidente en sociología. La alternativa a este marxismo es una suerte de ensayismo que es mas arriesgado en las lecturas pero peronista por donde se lo mire. Este estilo se desarrolla mucho en Ramos pero tiene sus dignos representantes en el edificio donde se te puede caer un vidrio en la cabeza.
Estas lecciones bien aprendidas en las aulas ayudan a forjar un discurso que oscila entre un economicismo que ahoga toda praxis antagonista y un voluntarismo deseante que embiste contra las puertas de los ministerios.
Se vino el parcialazo
Nada de lo antes dicho quita las enormes posibilidades que la autoorganización provee cuando se hace masiva. La autogestión que parecía relegada a algunos grupos de estudio y al seminario colectivo Derribando Muros de repente tomo estado público y conoció una expansión considerable durante estos días. Sin embargo, la pérdida del control de algunas aulas no es algo que pueda dejar pasar así nomás un sistema que se asienta en la legitimidad del principio de autoridad docente. Es así que en Trabajo Social se suprimieron fechas de finales, se quitaron recuperatorios y demás ejercicios de venganza de un cuerpo profesoral que durante el conflicto pedía medidas ejemplificadoras contra los estudiantes.
El conflicto se presentó muchas veces como una guerra entre claustros sin embargo este es otro efecto resultante de una lectura despolitizada. Estudiantes y profesores se distribuyeron en este conflicto de acuerdo a sus orientaciones políticas, los posicionamientos eran a favor en contra del gobierno nacional. Por último el clima de castigo que se vive en ciertas carreras parece resultado del envalentonamiento que produjo en las camarillas kirchneristas el respaldo popular que se hizo visible en los funerales del jefe de nuestros decanos. El intento de borrar materialmente el comedor autogestionado de Constitución y el rechazo del seminario Derribando Muros hablan a las claras del intento de recuperar el control de la situación por parte de la autoridad.
Así como los Caletti y las Daroqui de la vida se abocaron a recuperar un poco de la autoridad (y la autoestima ) perdida, algo similar intentan las agrupaciones estudiantiles mayoritarias. Ni bien terminó el conflicto, se proclamó un triunfazo (que puertas adentro nadie parece creer), se suspendieron las asambleas y se empezaron a organizar las elecciones. La impunidad con la que esto sucede habla a las claras de que situaciones como las asambleas autoorganizadas y las clases autogestionadas son percibidas como fenómenos excepcionales frente a una normalidad donde lo que impera es el articulo 22 de la Constitución. Nos referimos a aquel que afirma eso de “que no se delibera ni gobierna sino a través de los representantes”.
No deja de ser impresionante el enorme afiche que con la firma del Centro de estudiantes muestra una urna gigantesca junto a la palabra “Participa”. Quienes apostamos a fortalecer modos de participación menos representativos tuvimos la ocasión de conocer durante el conflicto colectivos y personas ciertamente afines con las prácticas de democracia directa. La comisión que se organizó en torno al reclamo del comedor o los comunicologos que promovieron la autogestión parecen estar en un camino que esquiva la representación y se propone toma los asuntos en sus propias manos. Habitar estas grietas que aparecen en el discurso dominante parece ser lo apropiado para transitar los nuevos caminos que podrían haber abierto las intensas jornadas que acabamos de vivir.